La luz no es constante: atraviesa momentos de tensión.
En el amanecer irrumpe con fuerza, en el atardecer arde hasta extinguirse, en la neblina se disuelve y apenas sostiene las formas.
Estos umbrales —entre claridad y sombra, entre aparición y desaparición— revelan la fragilidad del tiempo.
Cada imagen habita ese instante inestable donde el mundo cambia de estado